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La Civilización Maya

Introducción

“Yaak ta wo yok’lal a si’pil ti Dios,
ma’ yok’lal u numyail mitnal mix yok’lal u yanal winikil t’ani”

Siente temor por haber ofendido a Dios,
mas no por las penas en el Infierno, no por las preocupaciones humanas
(Maya)

El Hombre de Maíz

“Sólo el Creador, el Formador, Tepeu, Gucumatz, los Progenitores,
estaban en el agua rodeados de claridad . . .
No habrá gloria ni grandeza en nuestra creación y formación
hasta que exista la figura humana, el hombre formado”.
Así dijeron (1)

De tierra y barro lo crearon, y lo formaron;
pero no había en él entendimiento, y fue destruido . . .
 Llamaron a Ixmucané e Ixpiyacoc, la abuela y el abuelo, los adivinadores,
que así los llamaban el Creador y el Formador.
Les hablaron para saber si labrarían en madera al Hombre,
para que echaran la suerte con los granos de maíz y de Tzité.

Así, lo tallaron,  y pobló la tierra . . .
. . . pero caminaba con las manos y andaba errante
Los hombrecillos de palo
fueron los primeros pobladores de la Tierra
hasta el Gran Diluvio que mandó El Corazón del Cielo y el Formador.
Fue destruido, y hoy es el mono que habita en los bosques.

“De maíz amarillo y de maíz blanco se hizo su carne;
De masa de maíz se hicieron los brazos y las piernas del hombre.
Únicamente masa de maíz  entró en la carne de nuestros primeros padres,
 los cuatro hermanos que fueron creados”. (1)

  (1) Popol Vuh. Las Antiguas Historias del Quiché. 1999. Fondo de Cultura Económica. México. Traducción de Don Adrián Recinos.

El Enigma Maya

Es posible que “la desaparición de los Mayas” se haya debido en parte a un colapso político, social y cultural generado por un crecimiento descontrolado de la población y una consecuente guerra social que terminó con la desaparición de las jerarquías sociales. Todo ello, casi un siglo antes de la llegada de los invasores españoles a las tierras del Rey Pakal, señor maya de Palenque, o del Emperador Cuauhtémoc, el último Tlatuani Azteca.

               Otros han atribuido la extinción Maya a condiciones y fenómenos climatológicos que terminaron por desaparecer a una de las más grandiosas civilizaciones que ha poblado el planeta.

               Es posible que el enigma que cautivara por centurias la atención de la humanidad, de la historia y de la ciencia encuentre viable tan sencilla teoría de hechos y que a ello se debiera la desaparición de la Civilización Maya, su disgregación y declinación, con el consecuente abandono de sus grandes centros urbanos, templos y poblaciones.

               Los Mayas (de la Península de Yucatán) vivieron una etapa de gran esplendor en el denominado periodo del Nuevo Imperio, del 900 de nuestra era, hasta ya avanzado el siglo XIV, periodo que había iniciado 200 años después del colapso Maya-Quiché en Guatemala en el siglo IX, y terminó casi 100 años antes de la llegada de los conquistadores ibéricos. El Maya Yucateco conocía su historia, su pasado y su futuro, y sabía por sus avances astronómicos, la fecha de su declinación y desaparición. El Maya de la península de Yucatán pasó por una etapa de invasión cultural por la cultura Tolteca que modificó profundamente su ideología, idiosincrasia, y con ello, su espiritualidad y sentido artístico que formaban parte de su ser más íntimo.

               El avance en el desciframiento de la escritura jeroglífica Maya, después de casi dos siglos de pertinaz estudio, nos permite develar parte de esa cultura que había permanecido en cierta forma oculta y que dio pie a tantas y tan variadas versiones.

                Conocer la cultura Maya es traspasar esa puerta cósmica que nos sitúa en el espacio de dos dimensiones: La Maya, toda belleza y misticismo, toda arte e historia, y toda exquisitez; y la dimensión Siglo XXI, de investigación y desarrollo científico, y de toda una cibernética comunicadora y global.

    “Dos dimensiones que cohabitan, que se palpan y se dicen sus más íntimos secretos.”

 

               No obstante la innegable aportación de las ciencias asociadas a la arqueología y a la astronomía, y sus asombrosas contribuciones para develar su gran cultura, no disminuirá el mágico encanto de la Cosmogonía Maya; de ese panteón en el que reinan Itzam Ná, Ixchel, Hunab Kú y Chac; ni por los recientes descubrimientos será menos encantadora y exacta su astrología y su matemática, ni menos bello su arte plasmado en estelas, estucos, dinteles, máscaras y mascarones. No por ello será menos cautivante la arquitectura de sus pirámides, templos y tumbas, o su idioma, escritura jeroglífica y calendarios ritual y solar; su juego de pelota y sus costumbres funerarias, temas todos de inagotable riqueza.
               La Civilización Maya fue, y es, expresión máxima de belleza y refinamiento, y fue, y es, la cultura hecha arte.

  “Entonces era bueno todo
y entonces fueron abatidos.
Había en ellos sabiduría.
No había entonces pecado.
Había santa devoción en ellos.
Saludables vivían . . .
No fue así lo que hicieron los Dzules
cuando llegaron aquí.
Ellos enseñaron el miedo;
y vinieron a marchitar las flores.
Para que su flor viviese,
dañaron y sorbieron la flor de los otros” (2)
                  Los antiguos Mayas alcanzaron un inigualable nivel de expresión descriptiva y pictórica, de profundo misticismo y religiosidad en un orden social perfectamente jerarquizado que les dio trascendencia histórica, apasionante y mágica. El siglo XXI nos permite reconstruir su civilización, de tal forma, que  nos compenetraremos en su arte, costumbres y mitos, sin la profundidad a la que obliga un tratado científico, por que habremos de ceder un amplio espacio al arte fotográfico, que permitirá, al amable lector, apreciar en toda su magnitud, perspectiva y contenido, los más importantes sitios y piezas de la arqueología Maya.

                Más de un siglo de intenso esfuerzo en la investigación mayanse ha demostrado que esta civilización estaba integrada por destacados astrónomos y matemáticos, agresivos combatientes y exquisitos artistas que legaron a la humanidad, en Tikal, Copán, Palenque, Bonampak, Chichén Itzá y Lamanai, entre otros de los más de dos mil sitios arqueológicos en la región, una muestra viva del nivel de desarrollo alcanzado por nuestros antepasados Mayas.


Uno de estos sitios, que en su momento fue escenario del más sobresaliente descubrimiento en el entorno mayanse contemporáneo, fue Palenque (Chiapas, México), específicamente el Templo de las Inscripciones, en el que el arqueólogo Cubano-Mexicano Alberto Ruz Lhuillier descubrió el sepulcro del Rey o Señor Pakal con la extraordinaria lápida grabada, impertérrita memoria pétrea de la Cosmogonía Maya; pasado sacro que embellece y honra la portada de nuestra obra.


                Muy importante instrumento en la tarea de esclarecimiento del enigma Maya ha sido el parcial desciframiento de su escritura jeroglífica. De los glifos de Piedras Negras en Guatemala, y de Yaxchilán en México, hoy se sabe que no están referidos únicamente al registro del tiempo, sino que señalan nombres de gobernantes, nacimientos, muertes, fechas de asenso al poder, y de todo evento que debiera ser rememorado por las generaciones venideras.

Mesoamérica: La Región Maya

Mesoamérica es un término que define un área que nace en el noroeste de México en el estado de Sinaloa, prácticamente en el Puerto de Mazatlán “Tierra de venados”, de mazatl, venado, séptimo de los 20 signos del calendario Náhuatl Prehispánico. El signo equivalente entre los Mayas era Manik, “flor”, y entre los zapotecas era China, que quiere decir “venado”. Los Mayas Yucatecos describen su territorio como “La tierra del faisán, la tierra del venado y su nombre es Mayab”.
               Principia Mesoamérica bordeando la costa del Océano Pacífico, desde el Estado de Sinaloa (México) hasta Costa Rica, y por el otro, partiendo del mismo territorio sinaloense cruzando la República Mexicana hasta el Golfo de México (Estado de Tamaulipas), para bajar hacia el sur, costear la Península de Yucatán, Belice, y abarcar finalmente, Guatemala, Honduras, El Salvador, Nicaragua y Costa Rica.


               Equivocadamente se ha pensado que los Mayas desarrollaron su civilización en forma aislada. Todo lo contrario, en ciertos sitios ocupados por ellos, también había existido una anterior, la fascinante “Cultura Madre”, la de los hombres de piedra, la Olmeca, hoy conocida por sus colosales cabezas, por sus figuras humanas y zoomorfas, por sus losas y altares, que aunque escaso e insuficiente, ha sido nutritivo material que pone a nuestro alcance una parte de esa primera civilización.
               La región Mesoamericana fue un campo fértil para el comercio entre la gran mayoría de las culturas que la habitaban. Al ser los Mayas componente fundamental de esta amplia zona cultural, influyeron y fueron influenciados, en tiempos distintos, por los Olmecas, Teotihuacanos, Toltecas, Aztecas, y posiblemente por otras culturas.


                Elementos del arte y arquitectura Teotihuacanos se encuentran evidentemente en muchos sitios arqueológicos Mayas, indicativos de que el comercio operaba en forma muy activa en Mesoamérica, en un constante intercambio de conceptos y costumbres. Recientes descubrimientos en la gran ciudad Maya de Copán, en Honduras, señalan puntos de contacto y enlaces entre los primeros gobernantes de esa ciudad y la distante Teotihuacan, en el centro de México.
De igual manera, es innegable la influencia Tolteca que introdujo cambios religiosos y de estilo que pretendieron imponer una nueva forma de vida que alteró el alto sentido artístico y cultural del Maya.


               Estos cambios drásticos impuestos a su estilo de vida por la dominación Tolteca, fueron factores detonantes que llevaron al Maya yucateco a huir y refugiarse en el interior de la selva, y a veces, hasta alcanzar la alta montaña, paradójicamente, para perderse en ella con el fin de encontrarse nuevamente. El periodo que transcurrió entre este colapso social y cultural, y la llegada de los Dzules, no fue suficiente para alcanzar el renacimiento Maya, si así hubiera sido posible.


               Una de las grandes contribuciones de los Toltecas fue Quetzalcóatl, Dios del Viento (K’uk’ ulkán en Maya), serpiente con plumaje de Quetzalli (de la que los Mayas creaban tocados de plumas preciosas), bellísima ave que en tonos de verde y azul, aun refleja el espíritu sublime e indomable de su selva y de su mar, y la que en su vuelo sobre la montaña y la jungla, altiva, orgullosa y enseñoreada por su divinización, habita en los transparentes cielos del sur de México y Guatemala. Al Dios K’uk’ ulkán, se le atribuye haber enseñado al pueblo Maya la fundición del metal y el tallado de piedras preciosas.


                Sobre la singularidad de los Mayas y sus sobresalientes logros y alcances, y la espectacularidad y abstracción geométrica de sus palacios, templos y tumbas, no hay duda. Sin embargo, los Mayas no vivían solos, baste destacar algunos de los paralelismos de este fascinante mosaico mesoamericano: la alimentación basada en el maíz, frijol, chile y calabaza; la construcción de complejos urbanos con plataformas piramidales sobrepuestas, terrazas y sistemas hidráulicos; sus grandes calzadas (“sak be” en Maya); el juego de pelota, ritual de honor y de muerte; los calendarios de asombrosa precisión; una Cosmogonía y una religión complejas en la que su vida y el universo estaban orientados a los cuatro puntos cardinales; el sacrificio y el auto-flagelo humanos; y códices elaborados con piel de animal o de papel de corteza del árbol Kopo’ (Amate en Náhuatl), únicos documentos que reseñan su magnífica historia.


                Las culturas Olmeca, Tolteca, Teotihuacana, Azteca, Chichimeca, Mixteca-Zapoteca, Totonaca, Tarasca, entre otras, que además de la Maya florecieron en México, apasionante nación que amalgamó y cobijó en su territorio la más amplia variedad de pueblos Prehispánicos son hoy objeto de estudio de los mas destacados investigadores. México fue ayer, y es hoy, el tablero histórico y cultural más excitante de todo el planeta.
                                                                                                                                                                         

 

La Civilización Maya

Los antiguos Mayas supieron plasmar en sus obras, de manera exquisita y plástica, su anatomía social, cultural, religiosa, política y económica.


                Magnificentes ciudades Mayas nacieron, florecieron y se extinguieron; poderosos reinos, dinastías y señoríos conquistaron la selva tropical, la alta montaña y la costa del Mar Caribe, y  desaparecieron de la misma forma como ha sucedido en el devenir histórico. En las grandes culturas hubo siempre guerras en sus campos floridos, presencia invasora y resistencia de los oprimidos, se ejerció el poder político e hizo la guerra, la religión tuvo un papel preponderante y los tributos a la clase dominante comúnmente oprimieron severamente al hombre ordinario.


                En el concierto de las culturas del mundo, la Civilización Maya fue el resultado de la convivencia de muchos pueblos con diferentes lenguas y costumbres: los Mayas, Quichés, Chontales, Motozintlecos, Itzáes, Lacandones, Mamés, entre otros, pero todos, imbuidos de la misma energía creativa que hoy nos permite señalarlos como una sola civilización.


                Artistas, guerreros y sacerdotes, jugadores de pelota, astrónomos, reyes y gobernantes Mayas, ocuparon un territorio de casi 400 mil kilómetros cuadrados de exuberantes selvas, mágicas montañas y caudalosos ríos. Este espacio Maya hoy pertenece a cinco afortunadas naciones: Belice, El Salvador, Guatemala, Honduras y México, celosos guardianes de la cultura y creencias de sus antepasados, que sumadas a su naturaleza mística y secreta, que solo algunos privilegiados saben  leer en los Libros de Chilam Balam y en el Popol Vuh (Las Antiguas Historias del Quiché), esperan impacientes el despertar del Hombre de Maíz. Estos cinco países, extraordinarios anfitriones, regalan al mundo, orgullosos y emocionados, la excelsa, cautivante y mágica belleza de su verdadero origen, del que conservan ritos y ceremonias, medicina natural e iniciaciones, pero sobre todo, el orgullo de su descendencia Maya.


                Este reino de Itzam Ná, Dios del Cielo, del Día y de la Noche, el Dragón, y de Ixchel, Diosa de la Luna, del Parto y de la Procreación, con toda la constelación de dioses, panteón tan complejo como descriptivo, está enclavado en el sudeste de México, Belice, Guatemala y parte de El Salvador y Honduras.


               Es región de majestuosas sierras: la de los Cuchumatanes, la del Norte de Chiapas, la Cordillera Nombre de Dios, la de Santa Cruz, las Montañas de Comayagua y la Sierra de las Minas. Es también cauce de impetuosos ríos, como el Grijalba y  el Usumacinta, el Río Hondo y el Río Belice, los ríos Motagua,  Ulúa, Chixoy, Mopán y San Pedro, venas que fluyen derramando su orgullosa historia y la savia de su cultura; brazos que se recuestan sobre arenas formadas por polvo de estrellas que de noche saludan a Hunab Kú, El Dios Primero, el Creador, el Único, la Raíz de Todo, el Principio Divino; A Chac, Dios de la Lluvia y de la Luz,  Dios de la Guerra y los Sacrificios Humanos; a Kinich Ahau, Dios del Sol . . .  al tiempo que guardan respetuoso silencio ante Ah Puch, Dios de la Muerte y los Espíritus, Señor del Inframundo Maya, el  Xibalbá.

               Los Mayas, sus reinos, señoríos y dinastías nacieron y florecieron en este territorio desde hace más de cuatro mil años para desvanecerse casi al par de la aparición, ya avisada, de los Dzules.

 

“No quisieron esperar a los Dzules.
Ni a su cristianismo.
No quisieron pagar tributo.
Los espíritus señores de los pájaros,
los espíritus señores de las piedras preciosas,
los espíritus señores de las piedras labradas,
los espíritus señores de los tigres los guiaban y los protegían.
Mil seiscientos años y trescientos años más
y habría de llegar el fin de su vida.
Por que sabían en ellos mismos la medida de su tiempo.
Toda luna, todo año, todo día, todo viento,
camina y pasa también” (2)

                        Este territorio encantado nace en la costa del Golfo de México; rodea la Península de Yucatán, y baja hasta Belice y Honduras, cruzando la frontera de El Salvador y subiendo por el Océano Pacífico bordeando Guatemala hasta Izapa de los Itzáes, cuna de la cultura Maya, en Chiapas, México. Reinos, señoríos y dinastías Mayas poblaron sus regiones:

 

 

 

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