| |
Conspiradores y Realistas
Epítome
Al final del siglo XVIII y principio del XIX, los acontecimientos en Europa y América se conocían. La guerra de independencia en las colonias inglesas que hizo nacer en 1776 a la nación más poderosa e ingerente del mundo, hasta la fecha; la revolución francesa de 1792 y Napoleón Bonaparte; la entrega de la corona española y la consecuente ocupación francesa de la Península Ibérica, y las corrientes independentistas en casi todas las posesiones europeas en el continente americano, generaban información que con avidez desmesurada devoraban y compartían los conspiradores y conjurados por la independencia de sus territorios.
George Washington y Abraham Lincoln en los Estados Unidos de América en 1776; Hidalgo, Allende, Morelos y Guerrero en México en 1810; José de San Martín en Argentina y Chile en 1818, y Simón Bolívar en Bolivia, Colombia, Ecuador y Venezuela. Los libertadores de América no nacieron intempestivamente; los caudillos latinoamericanos fueron la resultante de un proceso de más de 300 años de dominio, esclavitud, hambre y discriminación.
El Derecho de Insurrección de los Pueblos reconocido por la monarquía de la Familia Borbón en España, después de haber entregado su corona a La Francia, terminó por dar, cuando menos en nuestra guerra de independencia, el reconocimiento formal de la Corona Española a obtener la libertad e integrarnos como una nación nueva e independiente, con una conciencia histórica, sabia y madura, anterior a la invasión Española.
La noche del 15 de septiembre de 1810, la esposa del Corregidor de Querétaro, Doña Josefa Ortiz de Domínguez, se enteraba que la conspiración en la que participaba activamente junto con el cura Miguel Hidalgo, y los aliados realistas Ignacio Allende, Juan Aldama y Mariano Abasolo, entre otros, había sido denunciada por el traidor Garrido. A riesgo de su vida y de la de sus hijos, envió un emisario a San Miguel El Grande con la urgente encomienda de dar aviso sobre lo acontecido a Ignacio Allende, Capitán del Regimiento de Dragones de la Reina, con quién mantenía una estrecha comunicación, pero también importante conspirador, para evitar su inminente detención y encarcelamiento, lo que terminaría con el plan fraguado por un pequeño grupo de patriotas, integrado por sacerdotes, militares y civiles, criollos y mestizos, para pelear por la libertad e independencia de la Nueva España.
Reunidos los conspiradores en la casa cural de la Parroquia del Pueblo de Dolores, y ya conocida la grave noticia, Hidalgo decía a los conspiradores:
“Caballeros,
lo he pensado bien y creo que estamos perdidos
y que no queda más recurso que salir a coger gachupines” (1)
Ya al amanecer, con la gente del pueblo y feligreses llegados de caseríos y rancherías vecinas, reunidos en el atrio de la parroquia, el Cura Hidalgo con emocionada voz, daba el grito de independencia:
¡Viva la independencia!
¡Viva la América¡
¡Muera el gobierno¡
¡Mueran los gachupines¡ (1)
La Guerra de Independencia había iniciado formalmente con un pequeño contingente débilmente armado con machetes, algunos fusiles y una gran carga de patriotismo y ansias de libertad y defensa de sus ideales.
Los insurgentes, que horas antes no tenían idea del gran sesgo que iba a tomar su vida, se dirigirían a San Miguel El Grande con el fin de lograr la adhesión de civiles y de los militares que comandaban Allende, Abasolo y Aldama, cuyos regimientos se encontraban apostados en esa población de gran movimiento y riqueza. En el camino, los dueños de la Hacienda de La Erre generosamente les proveyeron de algunos fusiles y provisiones que requerirían para la que sería una ardua y larga campaña de más de 11 años.
Era un 16 de Septiembre de 1810. . . el sol ya había pasado el zenith . . . en la Hacienda de la “erre”, en la congregación de Dolores, de la Intendencia de Guanajuato, todo era ebullición y movimiento; el reloj del comedor de la Casa Grande donde había tenido un convivio . . . marcaba las dos de la tarde.
El cura Hidalgo, al frente de un puñado de hombres, con el Capitán Ignacio Allende a su lado, alzó la voz y dijo a su incipiente ejército: “Adelante señores, vámonos ya, se le ha puesto el cascabel al gato; falta saber quienes son los que sobran”. Al terminar de decir esto, se emprendió la marcha hacia San Miguel El Grande.
A eso de las tres de la tarde, el puñado de insurrectos cruzaba el Río Laja, a inmediaciones de la Hacienda de San Antonio La Petaca, propiedad de los Lanzagorta, de cuya estirpe era el Capitán Juan José María Francisco Antonio de Lanzagorta, padrino de casamiento de Ignacio Allende, conjurado con el grupo para luchar por la Independencia de la Nueva España.

Al pasar por la Hacienda de San Antonio La Petaca, unos peones que ahí trabajaban, al grito de ¡Viva el cura Hidalgo!, se unieron a su naciente ejército, siendo ellos los primeros en integrarse a este cuerpo armado en la historia de la Guerra de Independencia.
En esos momentos participaron histórica y destacadamente la Hacienda de San Antonio La Petaca y su gente, dentro del movimiento de independencia de México. Pero dejemos que sea la misma hacienda la que nos relate los avatares de su historia . . .
“Permítanme presentarme, soy la Estancia de San Antonio La Petaca (ese es mi verdadero nombre), enclavada en el Municipio de San Miguel El Grande, y hoy, muy merecidamente, de Allende, Estado de Guanajuato.
Hoy es un día muy especial, es el día de contarles mi historia, la que se inicia en el año de gracia de 1566, un 11 de Mayo cuando el Virrey de la Nueva España, Luis de Velazco, dio al Capitán Don Diego de Peguero, tierras en encomienda a las márgenes del Río Laja.
Don Diego Peguero me puso como denominación estancia, y como nombre, el de su Santo Patrón: San Antonio, seguido por el emblema de la estirpe, una petaca, único bagaje con el cual desembarcó en el Puerto de la Vera-Cruz, al llegar a tierra de indios junto con Hernán Cortés, conquistador de México, por lo que me nombró Estancia de San Antonio La Petaca.
En el inicio de mi vida, serví para guarecer a las tropas que daban protección al camino de la plata, entre el Puerto de Nieto y San Felipe, camino que nacía en Zacatecas y terminaba en la capital del virreinato. Posteriormente serví como depósito para almacenar víveres, ropa, herramientas de labranza y objetos varios para los indios Chichimecas de San Luis de La Paz.
En el año de 1750 fui vendida a Don Antonio de Lanzagorta Urtusuástegui, español, natural de los reinos de Castilla, en el lugar de Gordejuelas y vecino de San Felipe del Real de San Francisco del Cuellar en el Obispado de Durango.
Fue Don Antonio de Lanzagorta quien me cambió la denominación de estancia y me hizo llamar Hacienda, conservando el nombre de San Antonio La Petaca.
Corría el año de 1773 y en mis entrañas nació Juan José Antonio de Lanzagorta Incháuregui que al correr de los años se convertiría en héroe nacional.
En mis patios muchas veces juguetearon dos pequeños: Francisco e Ignacio, dos seres que tendrían vidas paralelas, principiando estas, en mi casco principal. Su triste final tuvo lugar en Acatita de Baján, Provincia de Coahuila, a 14 leguas de Monclova, con la aprensión realizada por el traidor Elizondo de todos los insurgentes que acompañaban a Hidalgo, entre ellos, Ignacio y Antonio. Todos esto sucedió a las nueve de la mañana del 11 de Mayo del año de 1811. Todos los detenidos fueron conducidos a Chihuahua. Francisco Antonio de Lanzagorta fue fusilado el 11 de Mayo de 1811 y un mes después, el 26 de junio, Ignacio Allende fue pasado por las armas.
Fue así, como ambos héroes nacionales pasaron a formar parte de la historia de México, Francisco Antonio como Mariscal de Campo, e Ignacio Allende como Generalísimo del Ejército Insurgente; los dos originarios de San Miguel El Grande, hoy San Miguel de Allende.
Dos niños que corrían por mis patios . . .
En mi patio central aun conservo los arcos moriscos que Don Antonio de Lanzagorta Incháuregui construyera en recuerdo de su solar nativo, allá en Bordejuela, lugar ocupado por centurias por árabes. Estos arcos son de estilo mudéjar, que contrastan con los del frente del casco principal, que son coloniales Mexicanos de medio punto. Sembró en ese patio rodeado de tan hermosos arcos, una palma y un cedro, la primera por su origen Español, y la segunda, por su ascendencia árabe. Los Lanzagorta me vendieron a los Lambarri, estos a Don Jesús Sánchez y este a Don Antonio Gris Saavedra, quién cedió sus derechos a un grupo de Generales (retirados) del Ejército Mexicano, el que al conocer mi historia se propusieron devolverme el esplendor que tuviera cuando en mis patios corrían aquellos dos niños . . . ¡héroes nacionales!
Hoy, estoy en paz, esperando para poder contar a propios y a extraños mi historia . . .”
Llegados los insurrectos a Atotonilco, el Padre Hidalgo tomaba de la iglesia un lienzo con la imagen de la Virgen de Guadalupe y poniéndolo sobre un estandarte, lo convertía en bandera señera, la primera bandera enarbolada por la causa de la independencia. Y así, para fortalecer aun más el sentimiento de lucha y encender el carácter y temperamento de los insurgentes, el Padre de la Patria, con el Escudo Guadalupano en la mano, gritaba a sus correligionarios:
¡ Viva la independencia !
¡ Viva la América !
¡ Muera el gobierno !
¡ Mueran los gachupines !
y añadía:
¡ Viva la Virgen de Guadalupe ¡

Daba inicio la Guerra de Independencia de la Nueva España, con “El Padre de la Patria”, Allende, Aldama y Abasolo; después se unirían Morelos, Guerrero, Guadalupe Victoria y Agustín de Iturbide, entre otros muchos grandes personajes de nuestra historia patria, pero sobre todo, con cientos de miles de hombres y mujeres de todo el territorio nacional que lucharon ferozmente por este país, que orgullosamente nos recuerdan a los pueblos de Pakal El Grande, señor Maya de Palenque, y al de Cuauhtémoc, el último Tlatuani Azteca.
La consumación de la independencia de la Nueva España sucedía el 27 de septiembre de 1821 cuando entraba triunfante a la capital de la Nueva España el Jefe Supremo del Ejército Trigarante, Don Agustín de Iturbide.
¡Enaltezcamos a México!
Julio Zapata Ugarte |
|